MAX.La luz de la tarde moscovita se filtra por los enormes ventanales de mi oficina, tiñendo las paredes de un tono dorado y frío. Pero aquí, en el espacio confinado detrás de mi escritorio de caoba, la temperatura es completamente distinta. Tengo a Victoria atrapada entre mis piernas, sentada sobre mi regazo con la falda de su uniforme ejecutándose peligrosamente hacia arriba. Su respiración es un viaje errático que golpea directamente contra mi cuello.—Maximiliano, alguien podría entrar... —murmura, aunque sus dedos están enredados en mi cabello, contradiciendo cada una de sus palabras.—Nadie entra a mi oficina sin que yo lo autorice, Victoria. Y menos ahora que volviste a ser mi secretaria —le respondo con voz áspera, justo antes de atrapar sus labios de nuevo.El beso es demandante, posesivo. Mi mano se desliza por su muslo, subiendo por la suave tela de su falda, apretando la firmeza de su cadera para pegarla más a mí. Victoria gime entre mis labios, entregándose al ritmo que
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