MAX.
La luz de la tarde moscovita se filtra por los enormes ventanales de mi oficina, tiñendo las paredes de un tono dorado y frío. Pero aquí, en el espacio confinado detrás de mi escritorio de caoba, la temperatura es completamente distinta. Tengo a Victoria atrapada entre mis piernas, sentada sobre mi regazo con la falda de su uniforme ejecutándose peligrosamente hacia arriba. Su respiración es un viaje errático que golpea directamente contra mi cuello.
—Maximiliano, alguien podría entrar...