Valeria despertó en su propia cama, pero sabía que ya no estaba sola. El aire estaba frío, pesado, cargado con ese olor a incienso antiguo que ya reconocía demasiado bien.Kael estaba sentado en el borde de la cama, mirándola en silencio. Sus ojos dorados brillaban en la oscuridad de la habitación.—Anoche gritaste mi nombre nueve veces —dijo con voz baja y satisfecha—. Lo conté.Valeria se tapó el cuerpo con la sábana, aunque sabía que era inútil. Él ya la había visto toda.—Quiero que te vayas —susurró ella.—No puedo irme —respondió Kael con calma—. Estamos atados. Donde tú estés, yo estaré. Donde yo esté, tú estarás.Se inclinó hacia ella y le pasó un dedo por las marcas plateadas que ahora cubrían su cuello y bajaban hacia su pecho.—Cada vez que alguien te mire, verá estas marcas. Cada vez que alguien te toque, sentirás mi boca. Ya no eres libre, Valeria Solís.Ella cerró los ojos, luchando contra las lágrimas.—¿Esto es lo que querías? ¿Convertirme en tu esclava?Kael soltó una
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