El violento impacto de la embarcación contra el arrecife arrojó los cuerpos de Valerius y Sia hacia los maderos astillados de la barandilla lateral, mientras el agua inundaba la superficie. El Alfa Verdugo interpuso su cuerpo entre el golpe y la paria, recibiendo el embate directo del hierro de la baranda en sus costillas. Ante el impacto, un gemido sordo escapó de su garganta, mezclado con el sabor de la sal y el sudor frío que corría por su frente. Sus manos, cubiertas de ampollas dolorosas por el contacto previo con las redes de plata, se cerraron de nuevo sobre el cuerpo menudo de la joven, buscando asegurar su estabilidad en mitad del caos.Sia se aferró a los hombros del guerrero, obligada por la inclinación brutal del casco del barco. Su pequeño tamaño se acentuaba al contrastar con la robustez del Alfa; su cabeza apenas alcanzaba la altura de su abdomen, y su cuerpo tiritaba bajo el vestido deshilachado y empapado. Sus ojos, cargados de una fatiga extrema, buscaron la mirada d
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