El despacho privado del ala este de la finca nunca había sido un lugar de trabajo. Era, en realidad, un santuario. Un espacio de techos altísimos, paredes revestidas con los lomos de cuero de miles de libros que nadie leía, y una mesa de caoba maciza que había pertenecido a un estadista del siglo diecinueve. Aquel despacho era donde Caleb tomaba sus decisiones más crueles y donde yo, desde que me mudé a esta fortaleza, había aprendido a entender la profundidad de su monstruosidad y la altura de su adoración.La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de cristal emplomado, bañando la habitación en tonos de oro viejo y violeta. El aire olía a incienso de cedro, a papel antiguo y a la esencia inconfundible de Caleb: sándalo, tabaco y algo metálico, algo que recordaba a la adrenalina.Caleb estaba de pie junto a la chimenea, cuya llama, alimentada por troncos de roble, rugía con una intensidad controlada. Llevaba una camisa blanca de seda, las mangas remangadas hasta los codos, rev
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