AlexLa sala de espera del hospital no era solo un ambiente estéril y frío; parecía haber succionado todo el oxígeno del mundo, dejando atrás un vacío donde el sonido de mi propia sangre martilleando en las sienes era la única evidencia de que yo aún seguía vivo. El reloj en la pared, con su segundero moviéndose a un ritmo impío, parecía burlarse de mi impotencia. Yo, que construí imperios, que diseñé estructuras capaces de resistir terremotos, estaba allí, reducido a un hombre trémulo ante una puerta de vidrio esmerilado que se negaba a abrirse.Minutos después de haber hecho las llamadas, Sarah cruzó las puertas automáticas. Su rostro, por lo general vibrante y lleno de una ironía sagaz, estaba transfigurado por el terror puro. Justo detrás, mi chofer —a quien instruí para que actuara con la mayor delicadeza posible, aunque la delicadeza fuera un concepto alienígena esa noche— traía a la madre de Clara. Caminaba con una lentitud angustiante, como si el piso de granito del hospital e
Leer más