AlexLas palabras que acababa de pronunciar aún flotaban en el aire denso de la habitación, cargadas de una vulnerabilidad que jamás le había permitido ver a nadie. Esperaba el impacto de la respuesta de Clara —un «sí», un «no», o incluso un silencio cargado de resentimiento—, pero el destino, como siempre, tenía su propio cronograma.Antes de que ella pudiera formular una sola sílaba, el sonido de las puertas dobles al abrirse interrumpió nuestro universo particular.—¡Hija mía! ¡Oh, Dios mío, Clara!La madre de Clara entró en la habitación con los pasos vacilantes de quien pasó días cargando el peso del mundo sobre la espalda. Su rostro, marcado por las noches en vela en las sillas de plástico del pasillo, se iluminó de una forma que me hizo retroceder instintivamente, dando espacio al lazo sagrado entre ellas. Se abalanzó sobre la cama con un cuidado desesperado, sosteniendo el rostro de su hija como si necesitara confirmar que no era un espejismo.—Pensé que me iba a quedar sola,
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