El pasillo de la UCI era un túnel sin fin de luces blancas y sonidos metálicos. Estaba sentada con la cabeza apoyada en la pared fría, sintiendo el calor del cuerpo de Alex a mi lado. Él no intentaba consolarme con frases vacías; simplemente estaba allí, una presencia sólida y silenciosa que impedía que el resto del mundo me aplastara. Mi madre se había quedado dormida por unos minutos, exhausta, con la cabeza colgando hacia un lado, e envidié su inconsciencia temporal. Para mí, cada segundo era una tortura de lucidez.Miraba mis manos, pálidas y temblorosas, y pensaba en lo mucho que se parecían a las de mi padre. Él me enseñó a sostener un lápiz, a trazar la primera línea recta en un papel manteca, a entender que la arquitectura no se trataba de edificios, sino de albergar vidas. Y ahora, su vida pen
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