El viento cortante de la mañana golpeaba contra la visera de mi casco, trayendo esa frescura que solía ser mi mejor despertar. Conducía con una cautela nueva, una conciencia aguda de cada bache en el asfalto y de cada cerrón brusco de los autobuses. Por fuera, seguía siendo la arquitecta apresurada con su chaqueta de cuero, cruzando la ciudad para la medición de un terreno. Por dentro, era un cristal trizado, protegiendo un secreto que pesaba mucho más que los pocos gramos que realmente tenía.