El rugido del motor de la moto era un grito de auxilio amortiguado por el casco, una vibración metálica que subía por mis brazos y se instalaba directamente en la base del cráneo. Esquivaba el tráfico pesado con una precisión desesperada, ignorando las bocinas y los insultos que quedaban atrás. Pero el sedán negro no era solo un auto; era un depredador metálico, una extensión de la obsesión enfermiza de Victor, quien se negaba rotundamente a perder a su presa. Miré por el retrovisor y el brillo