Alex
La sala de espera del hospital no era solo un ambiente estéril y frío; parecía haber succionado todo el oxígeno del mundo, dejando atrás un vacío donde el sonido de mi propia sangre martilleando en las sienes era la única evidencia de que yo aún seguía vivo. El reloj en la pared, con su segundero moviéndose a un ritmo impío, parecía burlarse de mi impotencia. Yo, que construí imperios, que diseñé estructuras capaces de resistir terremotos, estaba allí, reducido a un hombre trémulo ante una