El segundo capítulo de mi negación pública estuvo marcado por un silencio selectivo y estratégico, una especie de aislamiento acústico que intentaba proyectar a mi alrededor para no escuchar los latidos acelerados de mi propio corazón. Sarah, con su intuición afilada y su persistencia habitual, me llamaba un día sí y el otro también. Yo dejaba caer la llamada al buzón de voz tres de cada cuatro veces. No era falta de amor; era puro instinto de preservación. No estaba lista para el «te lo dije»