—Guarda silencio, Marcus. Elara acaba de quedarse dormida.
La dura advertencia de Damien, reducida a un susurro, resonó en los altos techos de la biblioteca. La chimenea se había reducido a brasas, dejando solo un tenue resplandor rojizo. Damien había interceptado a Marcus en el umbral de la puerta y, agarrándolo del brazo, lo había arrastrado fuera, hacia el pasillo.
—Lo siento, Alfa —dijo Marcus, sin aliento—. Pero esto no podía esperar. Acaba de llegar una señal cifrada de los guardias front