—Deja esos informes de reparación de los vehículos blindados en mi escritorio, Jax. Y por el amor de Dios, deja de pisotear las alfombras nuevas de la mansión con esas botas llenas de barro.
—Perdone, Luna —dijo Jax, retrocediendo rápidamente y quedándose en el umbral de la puerta. Extendió la gruesa carpeta que llevaba hacia el borde de mi escritorio—. Desde que volvimos de Europa, todo en esta mansión está tan limpio y ordenado que siento que he entrado en un museo. Mentiría si dijera que no