**ELENA**El frío de la llovizna se colaba por los portones destrozados del vestíbulo, arrastrando un olor a pólvora y tierra mojada que encendía las alarmas de mi cuerpo. Me mantuve oculta tras la columna de madera noble de la biblioteca, con las manos presionadas contra el relieve de mi vientre esmeralda, sintiendo cada latido de mi hijo como un eco acelerado, salvaje, de mi propio pánico. A través de la penumbra gélida de la estancia, la silueta masiva de Damián recortaba la claridad escasa de la luna, sosteniendo el arma con una fijeza asesina que borraba cualquier rastro de lógica corporativa.—Dispara, Cavalli. —El grito de Adrián rasgó el aire denso del pasillo, cargado de una desesperación animal que nunca le había escuchado en la frontera—. Dispara y divide el apellido Valli de una vez. Ya me quitaste los balances, me robaste la clínica de Ginebra… no me queda nada que perder en tus malditos muelles.—No te robé nada, parásito —la voz de Damián descendió a un registro espeso,
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