Los siguientes días se convirtieron en una extraña rutina de culpa y fingida normalidad. Lucas pasaba las mañanas con su abuela Isabel, leyéndole en voz alta o escuchando sus historias. La anciana parecía aferrarse a la vida con uñas y dientes solo por tenerlo cerca. Por las tardes montaba a Nieve, y por las noches se encerraba en su habitación a releer las cartas de su padre.
Pero la grieta en su pecho se hacía más grande cada día.
Una mañana, mientras desayunaban en el jardín, Isabel tuvo otr