Han pasado doce años desde que Lucas Montenegro partió.La casa grande de Santo Domingo sigue siendo el centro de la familia, aunque ahora es la tercera generación la que lleva las riendas. Isabel, con ochenta y ocho años, ya no baja sola a la terraza. Su salud ha disminuido, pero su mente sigue tan clara como siempre. Rafael, con ochenta y seis años, todavía se sienta en la misma terraza todas las tardes, mirando el mar en silencio.Es un domingo de marzo y la familia se ha reunido completa una vez más. Cuatro generaciones bajo el mismo techo, tal como Lucas siempre quiso.En la terraza, Isabel está sentada en el sillón que fue de su padre. Hoy, por primera vez, alguien se atrevió a sentarse en él. Ella misma lo pidió.—Quiero sentirme cerca de él una última vez —dijo con voz débil pero firme.A su alrededor están sus hijos, nietos y bisnietos. Uno de los bisnietos, Mateo, de veintisiete años, se arrodilla frente a ella.—Abuela, la Fundación quiere hacer un libro sobre la vida del b
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