Lucas Montenegro tenía cincuenta y cinco años y, por primera vez en décadas, sentía que el tiempo comenzaba a pesarle en los huesos.Era una mañana de noviembre de 2060. Estaba sentado en el porche de la casa familiar en Santo Domingo, con una taza de café negro entre las manos. El mar Caribe se extendía frente a él, azul y eterno, como siempre. A su lado, Sofía dormitaba en una hamaca, con el cabello ya salpicado de canas pero aún hermosa.Sus hijos ya no eran niños. Isabel, de treinta y cuatro años, era una arquitecta reconocida que diseñaba edificios sostenibles entre Madrid y Santo Domingo. Rafael, de treinta y dos, dirigía la filial caribeña de Montenegro Group con mano firme pero justa. Ambos tenían familias propias. La casa estaba llena de nietos que corrían por el jardín, gritando y riendo.Valeria, con noventa y un años, seguía siendo el corazón de la familia. Aunque su cuerpo estaba frágil, su mente seguía clara y su amor, inquebrantable. Estaba sentada junto a Lucas, envuel
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