Lucas Rafael Montenegro tenía sesenta y ocho años y estaba sentado en la terraza de la casa grande de Santo Domingo, con una manta sobre las piernas a pesar del calor de la tarde. El mar Caribe brillaba frente a él, eterno y sereno, como siempre lo había sido en su vida. A su lado, su esposa Camila, de sesenta y seis años, le sostenía la mano en silencio, como lo había hecho durante más de cuarenta años.Sus hijos ya eran abuelos. Lucía, de cincuenta y dos años, dirigía la Fundación Lucas Montenegro con pasión y había expandido sus programas a varios países de Centroamérica. Diego, de cincuenta años, había tomado las riendas completas de la empresa familiar y mantenía un equilibrio perfecto entre Madrid y Santo Domingo.Esa tarde, toda la familia se había reunido para celebrar el cumpleaños de la bisnieta menor de Lucas Rafael, una niña de cinco años llamada Sofía. La casa estaba llena de voces, risas y el aroma de comida que unía dos mundos: sancocho dominicano y paella española sobr
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