Lucas Rafael Montenegro tenía veintiocho años y estaba de pie en la misma terraza donde su bisabuelo había pasado tantas tardes mirando el mar. El viento de Santo Domingo era cálido y salado, como siempre. A su lado, su esposa Camila sostenía en brazos a su hija recién nacida, Lucía Isabel, de apenas tres meses.
—Se parece a ti —dijo Camila sonriendo—. Tiene tus ojos.
Lucas Rafael acarició la mejilla de su hija con ternura.
—Esperemos que también tenga el corazón de su bisabuelo.
Habían pasado