Lucas Rafael Montenegro se quedó un largo rato sentado en el suelo de la terraza, con la mirada perdida en el mar. El viento cálido de agosto movía suavemente las hojas de las palmeras y traía el aroma característico de la casa: una mezcla de sal, tierra mojada y el perfume de las cayenas que su bisabuela Sofía había plantado décadas atrás.
Tenía diecisiete años, la misma edad que tenía su bisabuelo Lucas cuando tomó la decisión más importante de su vida: volver definitivamente a Santo Domingo