—Se fue la luz en el segundo piso, Elena. No vayas a ninguna parte.
Elena, que sostenía el palo del trapeador en medio de la oscuridad del pasillo, detuvo sus pasos. El eco de unas pisadas rítmicas y constantes resonaba acercándose desde la escalera. El tenue resplandor del teléfono celular del señor Arez comenzó a iluminar el corredor, de pronto desierto. El rugido de la lluvia torrencial al otro lado del edificio Pasiro se volvía cada vez más intenso, ahogando el sonido del viento nocturno.
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