El auto conducido por Sergio avanzaba cortando la oscuridad de la noche, dejando atrás el bullicio de Pasiro para adentrarse en una silenciosa zona colinar. Elena apoyó la cabeza en el pecho de Diego, escuchando cómo los latidos de su corazón recuperaban poco a poco la calma. Por primera vez en los últimos tres años, una cálida sensación de seguridad se filtró en lo más profundo de su ser.
—Casi llegamos, jefe —dijo Sergio rompiendo el silencio, mientras desviaba el vehículo hacia un camino de