—Nunca tomo el café con dos cucharadas de azúcar, señor Arez.
Elena colocó sobre la mesa del pasillo la taza de cerámica blanca que Arez acababa de traerle. El hombre permaneció de pie a su lado, sosteniendo aún la bandeja de madera. Al otro lado de la ventana, la lluvia de la noche comenzaba a amainar, dejando únicamente el sonido de las gotas al caer desde los canalones del edificio Pasiro.
Arez contempló la taza un instante antes de dirigir la mirada hacia Elena.
—Pensé que necesitarías algo