La fiebre de Erick había subido durante la siesta. Luisa lo había estado vigilando desde la silla, escuchando su respiración cada vez más agitada, viendo cómo su rostro se tornaba más pálido a pesar del calor que irradiaba su piel. Cuando el termómetro marcó treinta y nueve grados, ella supo que las mantas y el té ya no eran suficientes.
Se levantó de la silla. Caminó hacia la cama. Le puso una mano en la frente. Quemaba.
—Erick —lo llamó.
Él abrió los ojos con esfuerzo. Sus pupilas estaban dil