A los once meses, Camila Reyes Mondragón tenía cinco palabras, dos dientes más de los que tenía en Tokio haciendo un total de cuatro, y la convicción profunda e inamovible de que el mundo era un lugar diseñado específicamente para su exploración y que los adultos de su entorno existían principalmente para facilitar esa exploración y ocasionalmente para rescatarla de las consecuencias más inconvenientes de ella.Las cinco palabras eran: mamá, papá, agua, más, y no. Esta última la usaba con una frecuencia y una precisión que sus padres encontraban simultáneamente admirable, inconveniente, y absolutamente coherente con el carácter que había demostrado desde las primeras semanas de vida.«Papá» había llegado tres semanas después de «mamá», un martes por la noche mientras Sebastián la bañaba con la concentración que le daba a todo lo que involucraba a Camila. Valentina lo había escuchado desde el pasillo, donde pasaba con la toalla preparada, y se había detenido sin entrar porque había cos
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