Llegó un lunes, como llegan las cosas que uno anticipaba pero esperaba que tardaran más en llegar: con la puntualidad inconveniente de los problemas que no tienen consideración por los horarios ajenos.
Sebastián lo vio a las siete de la mañana desde la terraza del apartamento de Tokio, con el primer café en la mano y Camila todavía dormida y la ciudad abajo despertando con su ritmo habitual de ciudad que no para del todo ni siquiera de noche. Lo leyó en el teléfono con la expresión de alguien q