Elena Mondragón organizaba una cena en su casa el primer domingo de cada mes con la regularidad de algo que lleva décadas siendo así y que por lo tanto ya no necesita justificación ni explicación: simplemente ocurre, como ocurren las tradiciones que se vuelven arquitectura de la familia.En el año anterior a la llegada de Valentina, esas cenas habían sido Sebastián, Rodrigo, la tía Mercedes y el silencio específico de las reuniones familiares donde falta alguien aunque nadie lo nombre. El silencio de las sillas que siempre tienen el mismo número de personas pero deberían tener más. Elena lo conocía bien. Era el silencio de una mujer que había criado a dos hijos casi sola después de que su marido descubrió que el trabajo era más cómodo que la presencia, y que había convertido esa soledad en fortaleza sin que eso significara que no la sentía.Ahora las cenas eran diferentes.Ahora eran Sebastián, Valentina, Camila, Rodrigo, Elena, y la tía Mercedes, que había pasado por tres fases respe
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