Las pruebas del jueves tomaron la mañana entera en una clínica privada que Elena había elegido con criterio propio, en el mismo barrio donde había vivido los últimos veinte años, con médicos que la conocían de nombre y no solo de expediente. Sebastián, Rodrigo y Valentina llegaron con Camila, que no entendía el contexto pero entendía perfectamente cuando los adultos de su entorno estaban en un estado diferente al habitual y había decidido, con la generosidad específica de los bebés que todavía no saben que el mundo no gira alrededor de ellos pero actúan como si supieran que a veces hay que hacer un esfuerzo, ser completamente encantadora. Elena salió de la primera prueba con la compostura de siempre y encontró a los tres adultos en la sala de espera distribuidos en el patrón que indicaba que cada uno había procesado la espera de manera diferente: Rodrigo de pie junto a la ventana mirando la calle, Sebastián sentado con los codos en las rodillas y los ojos en el suelo, Valentina con
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