Isabel GarcíaEl olor a café recién colado intentaba, sin mucho éxito, camuflar el rastro denso y magnético de la locura que acabábamos de desatar sobre el granito de la cocina.Me acomodé las solapas de la bata de seda, sintiendo el roce sutil de la tela contra mi piel todavía sensible. Nicolás estaba de espaldas a mí, apoyado contra la encimera mientras servía dos tazas. Verlo ahí, con la camisa a medio abotonar y la espalda marcada por mis propias uñas, me provocó un vuelco extraño en el estómago. Un vértigo que no estaba acostumbrada a sentir.Yo era una mujer de leyes, de estructuras, de control. Había entrado a su despacho dispuesta a darle una lección. Quería castigarlo. Pero Nicolás, con esa intensidad que me desarmaba, había transformado mi castigo en una entrega absoluta. Se había vaciado en mí, no solo físicamente, sino rompiendo su maldito orgullo de para suplicar por mi perdón por haber dudado.—¿En qué piensas, hermosa? —Su voz, todavía un poco rasposa por el esfuerzo, in
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