Nicolas OrtizEl peso de las puertas dobles de cristal al cerrarse detrás de nosotros me dejó una sensación de ligereza que no recordaba haber sentido jamás. Caminé por el pasillo del piso ejecutivo manteniendo el paso firme y la mandíbula relajada. Llevaba una mano metida en el bolsillo del pantalón y el saco azul marino abierto, pero por dentro mi cabeza era un hormiguero.Haber puesto mis cartas sobre la mesa, mirado a mi padre a los ojos y admitido sin orgullo que amaba a Isabel García había sido el movimiento más arriesgado y certero de mi vida. Mi papá había cedido. La bendición de «bienvenida a la familia» todavía resonaba en el aire del pasillo, y ver la espalda de Isabel, recta, impecable bajo ese sastre negro de tres piezas, me inflaba el pecho de una suficiencia brutal.En cuanto doblamos la esquina hacia el corredor privado que conducía directo a mi despacho, lejos de las miradas de los asociados, no me aguanté más.Aceleré el paso, la tomé firmemente por la cintura con un
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