Nicolas OrtizEl pitido sordo del teléfono marcando el fin de la línea dejó un vacío ruidoso en la suite, pero no me retiré. Me quedé completamente inmóvil, sepultado por completo en su interior, conteniendo el aire mientras los músculos de mi pecho presionaban de forma pesada contra sus senos desnudos. Mis manos, que antes la sujetaban con lascivia, se cerraron en puños rígidos a ambos lados de su cabeza, aplastando las sábanas de hilo blanco. Sentía el relieve de mis propias venas brotarse en los antebrazos por el esfuerzo de no triturarle las caderas con mi enojo.Tenía la mirada inyectada en furia, fija en el vaivén errático de sus párpados. Sentía mi miembro pulsar con una violencia venosa y dolorosa contra su fondo, endureciéndose aún más debido al veneno de mis celos. Me dolía el orgullo; me enfurecía que intentara utilizar su traje de abogada fría para fingir demencia mientras su cuerpo seguía destilando mi rastro caliente en el colchón. Pero, por encima de la rabia, lo que me
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