Nicolás Ortiz
El silencio dentro de mi penthouse era denso, de esos que te pesan en los hombros antes de que estalle la tormenta. No había nadie más. Solo estábamos Isabel y yo, separados por unos metros de mármol y por meses de una tensión que ya nos estaba raspando los huesos.
Me serví un whisky corto. El sonido del hielo chocando contra el cristal fue lo único que rompió el aire. No le quité los ojos de encima mientras dejaba la botella en la barra.
—¿Qué necesitas, Nicolás? ¿Sólo me citast