Nicolás Ortiz
Sentir la espalda de Isabel chocar contra la pared del pasillo fue el detonante que me mandó directo al demonio. Escuchar el gemido ahogado que soltó directamente en mi boca mientras se la devoraba a mordiscos me encendió la sangre. El cuerpo me pedía meterle mano ya, sin rodeos de caballero.
Bajé las manos con brusquedad, agarré la tela de su pantalón por los costados y tiré hacia abajo. Escuché el sonido de la tela ceder y los hilos romperse cuando se los arranqué por completo d