Nicolás Ortiz La mañana se perfilaba como una de esas en las que el aire pesa y la tensión se puede cortar con un cuchillo. El juicio de Villarreal estaba a la vuelta de la esquina y el margen de error era, sencillamente, nulo. Mi reputación estaba sobre la mesa, y yo no me permito perder. Jamás.Llegué a la oficina antes que el sol, decidido a desmenuzar cada carpeta. Tenía que preparar a Villarreal, y eso era un trabajo de alto riesgo; su arrogancia y su actitud de "dueño del mundo" no ayudaban en nada, pero yo soy el mejor manejando tipos difíciles.—Buenos días, señor Ortiz. ¿Le traigo algo antes de empezar? —preguntó mi asistente en cuanto me vio entrar.—Café cargado, y que no me interrumpa nadie. Si el edificio no se está quemando, no existo para nadie —respondí, tirando el maletín sobre el escritorio, que ya estaba sepultado en documentos.Me hundí en la evidencia, pero el panorama era gris. Teníamos registros de llamadas y un acuerdo matrimonial que Brenda había pisoteado, p
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