Nicolás Ortiz El silencio en el vestíbulo de Acoley & Legal era más ruidoso que cualquier grito. Al entrar, sentí las miradas de los asociados junior clavadas en mi nuca, susurros que se cortaban en seco cuando mi sombra se proyectaba sobre sus escritorios. El niño de oro, el hombre que nunca perdía, acababa de regresar con las manos vacías y la reputación hecha m****a. No me detuve a saludar. Caminé directo hacia el despacho de mi padre, con el maletín pesándome como si estuviera lleno de piedras. Cada paso que daba, el eco de mis tacones sobre el mármol me recordaba el ritmo de los de Isabel alejándose de mí. «Maldita seas, García», gruñí para mis adentros. Abrí las puertas dobles de la oficina principal sin llamar. Mi padre, Rodrigo Ortiz, estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. Su figura era imponente, una torre de poder que yo había intentado escalar toda mi vida. Al lado, sentado en un sofá de cuero y con un vaso de cristal en la mano, estaba Alfonso Villarreal. P
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