40. Te lo prohibo
Isabel
Me miro en el espejo del tocador. Mis ojeras son sombras profundas y mi piel parece de papel.
—Llevo muerte a donde quiera que voy —susurro, y las lágrimas que he estado conteniendo finalmente se deslizan—. Tal vez debería dejar de correr. Dejar que me atrapen. Así la gente dejaría de sangrar por mí. Cecilia no estaría en una cama de hospital y Dante no tendría un agujero en el hombro.
Me siento agotada, un cansancio que me cala hasta los huesos. Me quito la ropa con movimientos mecánico