217. No estás sola
Isabel Caminar sin ver me agudiza el resto de los sentidos de una forma impresionante. Escucho el crujido suave de mis zapatos sobre los pasillos, el roce de la gasa de mi vestido contra mis piernas y, finalmente, el cambio de eco que me indica que hemos llegado al gran descanso de la escalera principal. Bajamos escalón por escalón. Cecilia me sostiene con una firmeza que me da seguridad, pero el corazón me late a mil revoluciones por minuto en mitad del pecho. La expectación me araña las entrañas.Cuando mis pies pisan finalmente el suelo de mármol del vestíbulo, Cecilia se detiene. El silencio de la planta baja es absoluto, pero percibo una presencia magnética, un calor familiar que acelera mis pulsaciones. Sé que está aquí. Huelo su perfume, siento su mirada clavada en mí incluso a través de la seda.—Hasta aquí la acompaño, niña Isabel —murmura Cecilia, su voz delatando una emoción contenida antes de soltar mi brazo.Siento unos pasos firmes, pausados, acercándose hacia mí. Unas
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