207. La intromisión
IsabelEl silencio dentro del apartamento seguro del distrito financiero se siente denso, casi sólido, como si las paredes estuvieran conteniendo la respiración junto conmigo. Llevo lo que parecen horas dando vueltas por la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho y los dedos enterrados en las mangas de mi suéter. Mis pasos sobre el suelo de madera son el único sonido constante, un eco monótono que no logra calmar la tormenta que tengo en la cabeza. Trato de concentrarme, de recordarme que estoy a salvo, pero hay un nudo ciego en mi estómago, un mal presentimiento que se me ha instalado debajo de las costillas y que no me deja respirar en paz.Me detengo cerca del gran ventanal que da a la calle. Afuera, la ciudad se mueve con su ritmo ajeno y nocturno, las luces de los autos dibujando líneas brillantes en el asfalto. Abajo, en la entrada principal del edificio, sé que están los hombres de seguridad de Dante, apostados en la penumbra, vigilando cada rincón. Debería sentirme tranqu
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