206. La guerra
Dante
La voz de Petrov sigue saliendo por el auricular, dictando las condiciones de mi propia ejecución con una parsimonia que me desespera hasta los límites de la locura.
—Quiero que vengas solo, Dante. Sin tus contratistas de élite, sin Alexi cuidándote la espalda y sin tus malditos juguetes de seguridad —me ordena, y el tono de su voz se vuelve severo, militar—. Te quiero esta noche a las veintizios horas en el muelle sur, en el viejo almacén de carga. Y vas a traer contigo una cantidad desc