Vivian
Ella volvió a caer en la silla, inmóvil, mirando fijamente el sobre sobre la mesa. El té frente a ella ya no tenía sabor alguno — era solo amargura que le quemaba la boca y el pecho.
Fueron necesarios más de treinta minutos para que Vivian lograra ponerse de pie.
Salió de la cafetería con el corazón desbocado, cada paso pesado como plomo. El conductor, atento, abrió la puerta trasera del coche con su postura impecable de siempre.
—Señora Braga, el señor pidió que la llevara…
Ella ni siqu