Eduardo
Eduardo despertó con un dolor de cabeza insoportable. La resaca del día anterior le latía en las sienes, recordándole cada maldito trago que no debería haber tomado. Se sentó al borde de la cama, se pasó las manos por el rostro y respiró hondo.
—Buenos días, señor —dijo el asistente, ya situado cerca de la mesa del desayuno, intentando mantener la voz firme—. Usted pidió que viniera temprano.
Eduardo se dejó caer en la silla frente a la mesa abundante, pero el apetito había desaparecido