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Entre Muros y Deseo
Entre Muros y Deseo
Por: PatitaSaga
Capítulo 1: Una vida prestada

Clary vivía una vida que no sentía suya.

A veces pensaba que llevaba años respirando a medias, como si cada día no fuera más que una repetición cansada del anterior. Se levantaba antes del amanecer, asistía a clases, trabajaba hasta el anochecer y regresaba a un apartamento que, aunque cálido y seguro, no dejaba de recordarle que todavía estaba sobreviviendo en lugar de vivir.

A sus veinticuatro años, había aprendido a sostenerse sola, incluso cuando el mundo parecía empeñado en hacerla caer.

Sus padres nunca aceptaron que ella quisiera tomar sus propias decisiones. Eran posesivos, controladores, de esos que disfrazaban de amor la vigilancia constante, las críticas disfrazadas de consejos y el juicio como forma de educación. Irse de casa a los veinte había sido la primera decisión que Clary tomó pensando únicamente en sí misma, y también la más dolorosa.

La había salvado Samantha.

Samantha no solo era su mejor amiga. Era, sin exagerar, la persona que había estado a su lado cuando todo se vino abajo. Le abrió la puerta de su apartamento sin hacer preguntas incómodas, le ofreció techo, comida y la clase de cariño que no exige nada a cambio. Durante cuatro años, Clary había compartido con ella mucho más que un espacio: compartían silencios, desvelos, preocupaciones y pequeñas victorias diarias que parecían insignificantes para cualquiera, pero que para ambas significaban resistir.

Sin embargo, últimamente Clary sentía una incomodidad que le apretaba el pecho.

No porque Samantha la hiciera sentir mal, jamás. Al contrario. Era precisamente por lo buena que había sido con ella, por lo generosa, por lo incondicional. Clary necesitaba dejar de sentirse una invitada en la vida de otra persona. Necesitaba su propio lugar, su propia llave, su propia rutina. Necesitaba terminar la universidad, conseguir estabilidad y, por fin, demostrar que era capaz de sostenerse sin deberle nada a nadie.

Era alta, de piel clara, con un cuerpo trabajado por años de disciplina y una belleza natural que a menudo provocaba miradas demasiado largas. Le gustaba correr por las mañanas cuando podía, ir al gimnasio, sentir que al menos tenía control sobre algo: su fuerza, su resistencia, su constancia. En un mundo caótico, cuidar de sí misma era su manera de no romperse.

Estudiaba comercio y estaba a pocos meses de graduarse.

Ese era el plan al que se aferraba con uñas y dientes.

Terminar la universidad. Ahorrar lo suficiente. Irse. Empezar de nuevo.

Pero había un problema. Un problema que tenía nombre, sonrisa fingida y manos demasiado confiadas.

Su jefe.

Clary trabajaba en una ferretería bastante conocida de la ciudad. El empleo no era elegante ni estaba cerca de lo que soñaba para su futuro, pero pagaba lo suficiente para ayudarla con sus gastos, aportar en casa y no depender por completo de Samantha. Al principio, el jefe —Ramiro Vélez— había parecido solo un hombre insistente, cargante, algo presumido. El tipo de persona que se cree encantadora porque nunca ha escuchado un “no” de verdad.

Con el tiempo, esa impresión cambió.

Ramiro no era un hombre insistente.

Era un hombre peligroso.

Clary lo había notado en la manera en que él se acercaba demasiado, en la forma en que la observaba cuando creía que ella no se daba cuenta, en sus comentarios cada vez menos disimulados y en esa sonrisita ladeada que la hacía sentir sucia, incluso cuando él no la tocaba.

—Ese tipo no me gusta nada —le había dicho Samantha una noche, sentada frente a ella en la barra diminuta de la cocina, mientras ambas cenaban arroz con pollo recalentado—. No sé cómo explicártelo, Clary, pero tiene algo oscuro.

Clary soltó el tenedor y suspiró.

La luz amarilla sobre sus cabezas les daba al apartamento una intimidad serena. Afuera llovía. Adentro, el aroma a comida casera y detergente recién usado creaba una falsa sensación de paz.

—No eres la única que lo piensa —admitió, bajando la mirada—. Últimamente no deja de buscar excusas para hablarme. Siempre termina preguntándome por qué no salgo con él.

Samantha frunció el ceño.

—Porque eres inteligente, por eso.

Clary soltó una risa breve, sin humor.

—Ojalá bastara con eso.

Samantha dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Renuncia.

Clary la miró.

—No puedo.

—Claro que puedes.

—No ahora —corrigió, con voz más baja—. Me falta poco para graduarme. Necesito aguantar un poco más. Solo hasta terminar.

Samantha apoyó ambos codos sobre la mesa y la observó con esa mezcla de ternura y preocupación que tan bien sabía darle.

—A veces siento que siempre dices “un poco más”, como si el peligro pudiera esperar a que te gradúes.

Clary se quedó callada.

Porque no tenía respuesta.

Porque Samantha tenía razón.

Porque en el fondo sabía que estaba jugando con fuego.

—Escúchame bien —insistió su amiga—. Ese hombre no me da buena espina. Y no es solo que sea intenso. Se le nota lo abusivo. Como si creyera que todo se puede comprar.

Clary tragó saliva.

Había pensado exactamente lo mismo muchas veces, pero decirlo en voz alta lo hacía más real.

—Creo que tiene varias amantes —murmuró—. Y creo que anda metido en negocios raros. He escuchado conversaciones… nombres… cosas que no tienen nada que ver con la ferretería.

Samantha se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de cosas?

—Movimientos de dinero. Cargas. Gente hablando de favores y de deudas. Una vez escuché a uno decir que una persona “tenía que desaparecer” si seguía hablando de más.

—Clary…

—No sé si fue literal o no —se apresuró a decir—, pero desde entonces no me siento tranquila.

Samantha se levantó de la silla y fue hasta ella. Le sostuvo el rostro con ambas manos y la obligó a mirarla.

—Tú no le debes tu paz a ningún título universitario. Si estás en peligro, te sales ya.

Clary cerró los ojos por un segundo.

Quería hacerlo. Quería irse. Quería decirle a Ramiro que se metiera su trabajo donde quisiera, recoger sus cosas y desaparecer. Pero la realidad era cruelmente más práctica: necesitaba ese dinero. Necesitaba llegar a la meta que se había trazado. Necesitaba no fracasar ahora, cuando ya casi podía tocar el final.

—Solo un poco más —susurró—. Te prometo que cuando me gradúe, me iré.

Samantha la soltó despacio, como si no quisiera aceptar la respuesta.

—Prométemelo de verdad.

Clary alzó la mano, intentando aliviar la tensión.

—Te lo prometo.

 

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