Mundo ficciónIniciar sesiónPero esa noche, mientras se acostaba en el sofá cama que había sido suyo durante años, sintió un nudo extraño en el pecho.
Como una advertencia.
Como si la vida, silenciosa y cruel, ya supiera que sus planes estaban a punto de romperse.
A la mañana siguiente, llegó a la ferretería con una sensación desagradable en la piel.
Todo estaba normal y, al mismo tiempo, no lo estaba.
Los empleados se movían entre pasillos, había clientes preguntando por tornillos, pintura y herramientas, y sonaba una vieja emisora tropical desde la oficina del fondo. Pero el aire estaba pesado. Clary lo sintió apenas cruzó la puerta.
Ramiro la vio de inmediato.
Siempre la veía de inmediato.
Estaba de pie junto al mostrador principal, impecablemente vestido para alguien que dirigía una ferretería: camisa entallada, reloj costoso, zapatos lustrados y esa seguridad venenosa del hombre acostumbrado a mandar.
—Buenos días, Clary —dijo con una sonrisa lenta—. Te ves preciosa hoy.
Ella ni siquiera se detuvo.
—Buenos días, señor Vélez.
—Ramiro —corrigió él—. A estas alturas ya deberías llamarme Ramiro.
—Estoy trabajando.
Él soltó una risita.
—Precisamente por eso. Quiero hablar contigo luego. En privado.
Clary apretó la carpeta que llevaba entre los brazos.
—Si es sobre inventario, puede decírmelo aquí.
—No es sobre inventario.
Esa vez sí levantó la mirada.
La expresión de Ramiro era la de siempre: amable por fuera, invasiva por dentro.
—Entonces no tengo nada que hablar con usted —respondió con firmeza.
Y siguió caminando, sintiendo su mirada clavada en la espalda.
Durante el resto del día, el malestar no hizo más que crecer.
A las once de la mañana, una clienta habitual le comentó en voz baja que el jefe la había estado mirando “como hombre hambriento”. A la una, uno de los repartidores le advirtió que Ramiro llevaba dos días de pésimo humor y preguntando demasiado por ella. A las cuatro, Clary encontró una caja pequeña sobre su escritorio.
Dentro había una pulsera de oro.
Sin tarjeta. Sin firma. Sin necesidad de explicación.
Se le revolvió el estómago.
Fue hasta la oficina del jefe con la caja en la mano y tocó dos veces antes de entrar.
Ramiro estaba sentado detrás del escritorio, revisando papeles.
O fingiendo hacerlo.
—¿Esto qué significa? —preguntó Clary, dejando la caja frente a él.
Él alzó una ceja.
—Un regalo.
—No acepto regalos suyos.
—Deberías empezar a hacerlo.
—No.
La sonrisa de él se borró apenas un poco.
—Eres demasiado orgullosa para alguien que no está en posición de serlo.
Clary sintió una corriente helada correrle por la espalda.
—No entiendo qué quiere decir con eso.
Ramiro se reclinó en la silla.
—Quiero decir que yo podría hacerte la vida mucho más fácil. Pagarte mejor. Conseguirte un mejor apartamento. Ayudarte cuando te gradúes. Tienes potencial, Clary. Solo necesitas dejar de comportarte como si estuvieras por encima de ciertas oportunidades.
—No estoy por encima de las oportunidades —dijo ella, tensa—. Estoy por encima de ser comprada.
Él la observó durante unos segundos que parecieron eternos.
—Cuidado con tu tono.
Ella no retrocedió.
—Y usted tenga cuidado con su comportamiento.
La mandíbula de Ramiro se endureció.
Por un instante, Clary pensó que él iba a levantarse, a gritarle o hacer algo peor. Pero no. Solo respiró hondo, tomó la caja y la empujó de nuevo hacia ella.
—Piénsalo —dijo, en una voz ahora peligrosamente tranquila—. Porque yo siempre consigo lo que quiero.
Clary salió de la oficina con las piernas temblando.
Y por primera vez, una idea brutal se instaló en su cabeza con claridad:
ya no se trataba solo de incomodidad.
Se trataba de miedo.
Esa semana, todo empezó a desmoronarse.
No de golpe. No con estruendo. Sino de esa manera casi imperceptible en la que se rompen las cosas importantes: una grieta aquí, una incomodidad allá, una sensación persistente de que algo va mal aunque todavía no puedas nombrarlo.
Clary dejó de sentirse segura en cualquier parte.
Caminaba más rápido al salir del trabajo. Miraba una y otra vez por el retrovisor de su auto viejo al conducir de regreso a casa. Cambiaba de ruta dos veces antes de llegar al apartamento. Evitaba quedarse sola en la ferretería incluso por un minuto. Dormía con el celular debajo de la almohada y el corazón demasiado atento a cada ruido del pasillo.
Aquel auto era una de las pocas cosas materiales que conservaba de sus padres. Se lo habían regalado cuando cumplió dieciocho años, mucho antes de que la relación entre ellos terminara de romperse. Era un coche antiguo, algo desgastado, con pequeños fallos que a veces la obligaban a encenderlo dos veces, pero seguía funcionando y le había dado independencia cuando más la necesitó. Durante años lo había visto como una herramienta útil, nada más. Ahora, en cambio, se había convertido en otro espacio donde también se sentía observada. Cada semáforo en rojo le aceleraba el pulso. Cada auto oscuro que se mantenía detrás de ella durante más de dos cuadras le hacía apretar el volante con fuerza.
Samantha lo notó enseguida.
La encontró un jueves por la noche sentada en el borde de la cama, todavía con la ropa puesta, la mirada perdida en la nada.
—¿Te dijo algo? —preguntó apenas cruzó la puerta del cuarto.
Clary tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Quién?
Samantha resopló.
—No me hagas decir su nombre. Ese imbécil.
Clary soltó aire por la nariz y se dejó caer hacia atrás.
—Me regaló una pulsera.
—¿Qué?
—La dejó en mi escritorio. Fui a devolvérsela. Me dijo que yo no estaba en posición de rechazar ciertas oportunidades.
Samantha palideció de rabia.
—Lo voy a matar.
Clary se sentó de nuevo.
—No, no vas a matar a nadie.
—Pues ganas no me faltan.
Se hizo un silencio breve.
Samantha se sentó a su lado, cruzando las piernas.
—¿Te tocó?
Clary negó con la cabeza casi de inmediato, pero luego dudó.
—No exactamente.
—¿Qué significa “no exactamente”?
Ella bajó la mirada.
—A veces me toma del brazo más tiempo del necesario. Se inclina demasiado cerca. Se para detrás de mí cuando estoy haciendo inventario. Una vez me rozó la cintura “sin querer”.
Samantha maldijo por lo bajo.
—Eso ya es suficiente.
Clary apretó las manos.
—Lo sé.
—Entonces vamos a denunciarlo.
Clary rio, amarga.
—¿Con qué pruebas?
—Con tu palabra.
—Su palabra vale más que la mía. Tiene dinero, influencias, amigos en todas partes. No sé ni con quién se relaciona realmente. Y no quiero que esto empeore antes de graduarme.
Samantha la observó con una tristeza silenciosa.
—Tú siempre piensas que todavía puedes controlarlo.
—Y tú siempre piensas en la peor posibilidad.
—Porque a veces la peor posibilidad llega.
Esa frase quedó suspendida entre ambas como una sombra.
Clary quiso responder, pero no pudo. Porque algo en el tono de su amiga le heló la sangre.
A la mañana siguiente, Ramiro no apareció en la ferretería hasta después del mediodía.
Cuando llegó, lo hizo acompañado de dos hombres trajeados que no parecían clientes ni proveedores. Eran demasiado serios, demasiado atentos al entorno, demasiado silenciosos. Clary los vio entrar desde el área de cajas y sintió un escalofrío.
Uno de ellos la miró directamente.
No fue una mirada casual.
Fue una de esas miradas que evalúan, que registran, que guardan información.
Clary apartó la vista de inmediato.







