El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de seda, tiñendo el aire de un color ámbar que bañaba las sábanas revueltas. Me incorporé lentamente, sintiendo el roce del lino contra mi piel desnuda, una piel que todavía conservaba el calor de las manos de Damián. A mi lado, el hombre que una vez fue mi verdugo y ahora era mi primer súbdito dormía con una expresión de paz que no merecía, pero que yo le permitía tener por ahora. Me levanté y caminé hacia el balcón, dejando que la bata de seda negra se deslizara sobre mis hombros sin llegar a cubrirme del todo. Desde aquí, la vista era imponente. La manada se extendía bajo la luz del amanecer, un mar de casas y bosques que ahora, por fin, reconocían a su verdadera soberana. No había rastro de la debilidad que me expulsó de estas tierras años atrás. Hoy, el aire mismo parecía vibrar con mi autoridad. Escuché el siseo de las sábanas al moverse y, segundos después, s
Leer más