capitulo 34

El silencio que siguió a la caída de Damián fue más ensordecedor que el rugido de la propia Fuente de las Almas. Me quedé allí, de rodillas sobre la tierra calcinada, con sus manos enfriándose entre las mías. El vínculo de pareja, ese hilo que había sido mi tortura y mi consuelo, se sentía ahora como un miembro amputado; un dolor fantasma que gritaba en el vacío de mi pecho.

A mi lado, Valerius era una estatua de hielo y plata. Su presencia, antes fascinante, ahora me res
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