Mundo ficciónIniciar sesiónEl valor con el que tomó la cesta, con Mía adentro, se le esfuma en el instante en que sale al pasillo. Se ajusta la capucha de la sudadera, mira a todos lados y decide que el ascensor de servicio es la mejor vía de escape.
—No llores de nuevo, preciosa —le suplica con ternura, pero luego se aclara la garganta y se recuerda que no tiene que encariñarse con la bebé.
En cuanto las puertas se abren en el subterráneo, corre a su auto, amarra como puede la cesta en el asiento trasero y se dice que debería comprar una silla para bebés.
—Primero lo urgente, luego lo importante —murmura, tal como cuando está evaluando un negocio importante.
Mira por el retrovisor, respira hondo y se arrepiente de inmediato, porque Mía apesta.
Sale rápidamente hacia el supermercado, algo que hace… ¡A quién quiere engañar! Jamás ha pisado una de esas cosas.
Unos minutos después, Liam camina por los pasillos del supermercado más cercano a su edificio, con la cesta de mimbre colgando de su antebrazo como si fuera un accesorio radiactivo. Ha tratado de bajar la capucha de su sudadera lo más posible, pero su porte de «dueño de la ciudad» y el llanto intermitente de Mía atraen miradas curiosas.
—Por favor, Mía, aguanta un poco más —susurra, sintiendo que el olor que emana de la cesta está empezando a ganar la batalla contra el aire acondicionado del local—. Solo necesito... pañales. ¿Qué tan difícil puede ser?
Se detiene frente a una pared interminable de paquetes coloridos. Se queda petrificado. Hay pañales para recién nacidos, etapa 1, 2, 3, 4; extra absorbentes, con control de olor, ecológicos y unos que prometen que el bebé dormirá doce horas seguidas.
—¿Etapa? —balbucea Liam, pasando una mano por su cabello perfectamente peinado, ahora algo revuelto—. ¿Qué demonios es una etapa? ¡Es una bebé, solo necesita que la m****a se quede dentro de la bolsa! ¡Esto no es Mario Kart!
Y no solo eso es un dilema, ¿qué marca se supone que debe usar? Y esas promesas de que no se irritará lo confunden aún más.
—¡Ayúdame, Mía! No sé cuál elegir… tal vez deba ir por la leche, a lo mejor ahí encuentro la respuesta —pero se queda con un paquete de pañales en la mano y decide no desistir.
Pero es imposible.
Al mismo tiempo, unos metros más allá, Abril suspira mientras sostiene una caja de leche y un paquete de pan integral. Sus dedos repasan mentalmente el peso de las monedas en su bolsillo. Sabe que, si lleva el queso, no le alcanzará para el autobús, pero si no lo lleva, su cena será de lo más triste.
Escucha un gruñido de frustración y levanta la vista.
Ve a un tipo que grita dinero por todos sus poros, a pesar de que se nota que intenta pasar desapercibido, peleándose con un paquete de pañales etapa 4. Ha cuidado niños desde los quince, por lo que sabe que está a punto de meter la pata.
Y ese instinto de mujer que sabe y que quiere ayudar surge de lo más profundo de su ser.
—Si le pones esos, se le van a caer hasta las rodillas —dice Abril, sin poder contenerse. Su voz es clara y tiene un tinte de diversión que hace que Liam se tense.
Liam se gira bruscamente para ver la voz de la experiencia. Pero no es una mujer mayor, frente a él hay una chica joven, de cabello castaño claro recogido en una coleta alta y ojos que parecen leerle el alma.
Lleva una chaqueta algo desgastada, pero hay una dignidad en su postura que lo descoloca y le da seguridad. Sin embargo, su desconfianza prima por encima de la necesidad y saca ese carácter tan menso que tiene.
—¿Perdón? —pregunta Liam con su mejor tono de superioridad, el que usa para cuestionar incluso a los mejores socios.
Abril no se achica. Camina hacia él y señala la cesta.
—Tu bebé. Por el tamaño de sus manos y la forma de su cara, no debe pasar de los dos meses. Esos que tienes ahí son para niños que ya caminan. Necesitas la etapa 1, o quizás la 2 si es de piernas gorditas.
Liam mira el paquete, luego a la bebé y finalmente a la chica.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿Eres experta en... etapas? Porque no tienes cara de ser madre.
Abril suelta una risa corta, una que a Liam le resulta extrañamente agradable.
—No soy experta ni madre, pero cuido a los hijos de mis vecinas desde que tengo quince años para pagar mis cuentas. Y, por cierto —ella señala la nariz de Liam—, si no la cambias en los próximos cinco minutos, ese «olorcito» se va a convertir en una erupción que no te va a dejar dormir en una semana.
Mía, como si hubiera entendido, suelta un grito agudo que hace que Liam casi suelte la cesta.
—¡Maldición! —Liam pierde toda su fachada de magnate—. Mira, no sé qué hacer. No tengo leche, no tengo pañales, mi novia me dejó en cuanto se enteró de ella y mi asistente está buscando grabaciones de cámaras para saber quién carajos es la madre.
Abril abre los ojos por el exabrupto de Liam y sabe que no tiene que reírse, porque no es para nada gracioso.
—Te pago. Te pago lo que quieras si me ayudas a elegir lo que esta criatura necesita y... y a ponérselo.
Abril arquea una ceja, mirando la desesperación real en los ojos del hombre.
—No estoy en venta, señor «Sudadera Cara».
—No te estoy comprando —dice Liam, dando un paso hacia ella, olvidando el espacio personal—. Estoy... solicitando tus servicios profesionales de emergencia. ¡Por favor!
El hombre frente a ella parece a punto de arrodillarse para que haga lo que le pide. Abril mira la caja de leche en su mano y luego la desesperación del tipo. Sus ojos se suavizan al ver a la bebé agitando sus manitas.
—Está bien —cede ella con un suspiro—. Pero primero, cambia esos pañales por los que te dije. Vamos por las toallitas húmedas, la fórmula hipoalergénica y un biberón de flujo lento. Y muévete, que el reloj corre.
Liam parpadea lento, asombrado por la autoridad de la chica. Por primera vez en su vida, no es él quien da las órdenes y, lo más extraño, es que no le molesta en absoluto seguir a esa castaña por los pasillos del súper.
Es como una brisa que llega en el momento justo para salvarle la vida.
En el camino, Abril va sacando cosas que la bebé necesitará y Liam no protesta para nada. Decide tomar un carrito cuando pasan cerca de una caja y se hace cargo de todo, mientras Liam intenta negociar con Mía que guarde silencio.
—Si te callas, te compraré un juguete, el que tú quieras —Abril rueda los ojos y se ríe.
—Eso no te funcionará hasta que empiece a caminar y hablar. Y no te recomiendo que sigas por ese camino —mira un par de fórmulas para bebé, elige una y toma tres tarros más—. Si lo haces, tendrás que negociar con ella hasta la adolescencia y no es algo que querrás.
—Oh, no… Yo no estaré con ella en la adolescencia —Abril se gira un poco para verlo por el hombro y se ríe.
—Excelente, le dejarás la parte pesada a la madre. Eso es ser muy inteligente y estúpido al mismo tiempo.
Liam sabe que no tiene que darle explicaciones, pero no quiere quedar mal con la chica, porque teme que no quiera ayudarle con Mía.
—No es mi hija —Abril se ríe más fuerte y él suelta un bufido de frustración—. En serio. Solo… la dejaron en mi puerta con una nota, dice que es mi hija, ¡pero ni siquiera recuerdo con qué mujer me acosté en Capri!
—¡Wow! Alto ahí, vaquero. No me interesa. Solo te ayudo porque no nacemos con un manual para ser padres. Yo solo la cambiaré, te enseñaré cómo hacerlo y luego ya no es mi problema.
Liam se queda callado. La ve meter un par de cosas más al carrito y luego van a la caja. Abril sabe que podría cobrarle bastante, pero dado que a la pobre princesa no la quiere ni su madre, no será ella quien la intercambie por dinero.
Elige la leche, porque si la mezcla con cualquier otra cosa en casa tendrá una cena decente. Deja el pan y el queso a un lado, pasa por la caja y saluda a la cajera, quien la mira con una ceja levantada.
—Es un amigo, le regalaron una bebé y no sabe nada.
Pasa todas las cosas para Mía, ve de reojo a Liam, que no se espanta en cómo va aumentando la cuenta. Al terminar de pagar, deja su caja de leche a un lado y le da el paso a Liam.
Él se acerca y ve a Abril contar las monedas para pagar la caja de leche. Antes de pagar, le pide a la cajera que le sume el pan, la leche y el queso que Abril ha dejado de lado.
—Gracias —dice ella, con sus mejillas encendidas.
—El agradecido soy yo.
Los dos se sonríen levemente, Liam paga todo y caminan con dirección a la salida. Sin embargo, Abril está tan distraída con todo lo que acaba de pasarle, que no ve a un chico en bicicleta que viene a toda velocidad.
—¡Cuidado! —Liam tira de ella con fuerza, Abril impacta en su pecho y los dos quedan demasiado cerca.
Tanto que pueden sentir los latidos acelerados en sus pechos y Liam se queda prendado de los ojos cálidos de aquella chiquilla que le está salvando la vida más de lo que él lo acaba de hacer.







