Capítulo 3: No es una bastarda

Yelena se queda de pie en medio de la sala, con los puños apretados y el pecho subiendo y bajando con violencia. Sus ojos, cargados de una furia que podría incendiar el pent-house, alternan entre la nota arrugada que sostiene en la mano y la pequeña Mía, que ha comenzado a removerse molesta e incómoda en su cesta.

—¡¿Qué significa esto, Liam Cavalli?! —grita Yelena, su voz alcanza un tono agudo que hace que Liam dé un paso atrás—. ¡Una bebé! ¡Una maldita bebé en tu mesa de centro con una nota que dice que es tuya!

Liam levanta las manos en un gesto de rendición, tratando de mantener la calma a pesar de que el whisky y la resaca todavía le nublan el juicio.

—Yelena, baja la voz. Te juro que no tengo idea de qué está pasando. Me desperté y estaba ahí, en la puerta. Es una locura, un error de algún tipo. ¡No lo sé! ¡Solo sé que yo no soy papá!

—¿Un error? —Yelena suelta una carcajada amarga y le lanza la nota a la cara—. ¡Dice que la engendraste en Capri! ¡En ese viaje de «negocios» al que dijiste que no podía ir porque estarías demasiado ocupado con los inversores! ¿Así de ocupado estabas, Liam? ¿Entre las sábanas de una camarera o de alguna cualquiera de hotel?

—No me hables así —responde Liam, su voz se vuelve fría porque detesta que lo cuestionen—. Estaba borracho, fue hace meses... ni siquiera sé si esa mujer dice la verdad.

—¡Entonces reconoces que me fuiste infiel! —toma un cojín del sofá y se lo lanza—. ¡Eres un cerdo!

—¡Yo nunca te he jurado fidelidad! Sabías con quién te estabas emparejando desde un inicio, nunca te dije que cambiaría —ella intenta lanzarle otro cojín, pero él se lo quita—. Dante ya está buscando las cámaras y pedí una prueba de ADN.

—¡Me importa una m****a la prueba de ADN! —Yelena se acerca a la cesta y mira a Mía con asco, como si fuera un insecto—. Mírala. Tiene tus mismos ojos, Liam. Esa mirada arrogante que tienes tú cuando crees que eres el dueño del mundo. ¡No necesito un laboratorio para saber que me engañaste!

—Claro que no, porque te lo acabo de reconocer como un hombre.

—¡Vaya hombre que eres!

En ese momento, un olor agrio y penetrante empieza a llenar el aire circundante de la mesa de centro. Mía, ajena al drama, suelta un quejido y comienza a llorar con una fuerza renovada, agitando las piernas. El bulto en su pañal es evidente.

Liam arruga la nariz, retrocediendo instintivamente.

—Oh, no... No, no, no. Creo que... creo que necesita que la cambien. Yelena, por favor... —él la mira con desesperación, esperando un rastro de empatía femenina—. Ayúdame con esto. No tengo idea de cómo se hace y tú... bueno, eres mujer, seguro sabes qué hacer.

Yelena retrocede como si Liam le hubiera pedido que tocara carbón encendido. Sus ojos se entrecierran con una frialdad absoluta.

—¿Que yo te ayude? ¿Estás bromeando? —se acomoda el bolso de marca en el hombro y lo mira con un desprecio que solo muestra de lo que está rellena—. Yo vine aquí para que fuéramos a desayunar al club, no para limpiar la m****a de tu bastarda.

La palabra golpea a Liam como un puñetazo físico.

«¿Acaba de llamarla bastarda?», se pregunta a sí mismo y reacciona.

—Yelena... —advierte él con frialdad, pero ella no se detiene.

—Quédate con ella, Liam. Quédate con el producto de tu infidelidad. Sé un maldito hombre y disfruta de tu nueva vida como padre de una niña que ni siquiera tiene un nombre digno en mi presencia. No me vuelvas a llamar en tu vida. Búscala a ella, a la muerta de hambre que te la dejó aquí, y formen la familia patética que se merecen.

Yelena da media vuelta con sus tacones caros resonando contra el mármol como disparos. La puerta principal se cierra con un estruendo que hace que los cristales vibren y que Mía suelte un alarido de puro terror.

Liam se queda solo en el silencio ensordecedor de su departamento, interrumpido únicamente por los llantos de la bebé. Se queda mirando la puerta por un largo segundo, pero lo que más le resuena no es el portazo, sino la palabra que Yelena escupió con tanto odio.

—Bastarda... —susurra Liam.

Mira a la pequeña Mía. La pobre está roja por el esfuerzo de llorar, sus manos pequeñitas se cierran en puños y sus ojos grandes están llenos de lágrimas. Por alguna razón que no logra comprender, sentir que alguien llamó así a esa criatura indefensa le ha encendido una chispa de rabia en el pecho.

No es su hija, se repite a sí mismo, pero nadie tiene derecho a llamarla así en su propia casa solo porque no tenga padres.

—Está bien, pequeña. Ya se fue la bruja —dice Liam, acercándose a la cesta con cautela.

El olor es cada vez más insoportable y él se cubre la nariz con la mano.

—Escúchame, Mía. O como te llames. No tengo pañales. No tengo leche. Ni siquiera tengo una toalla que no cueste trescientos dólares, pero no te voy a dejar aquí llorando.

Se inclina sobre la cesta, y por primera vez, no ve una e****a o un problema, sino a un ser humano que depende totalmente de él.

—Espérame aquí. No te muevas... bueno, no es como si pudieras ir a ningún lado —balbucea, tratando de aliviar su propio nerviosismo—. Me voy a cambiar esta ropa, me pondré algo más decente y vamos a ir a comprar todo lo que necesitas. Te prometo que... que todo estará bien. Al menos por hoy.

Mía hipa, mirándolo con esos ojos que, según Yelena, son iguales a los de él. Liam siente un escalofrío. Corre hacia su vestidor, se pone lo primero que encuentra y termina con una sudadera con capucha para intentar pasar desapercibido. Regresa a la sala listo para todo.

Toma la cesta con una determinación que no sabía que poseía. Su vida de soltero acaba de estallar en mil pedazos, pero mientras sale hacia el ascensor, la única prioridad en su cabeza es encontrar el pasillo de bebés más cercano antes de que el desastre en el pañal de Mía pase a mayores.

—No eres una bastarda —murmura Liam mientras las puertas del ascensor se cierran—. Eres un dolor de cabeza, sí, pero nadie te vuelve a llamar así en mi presencia.

Casi jura que la niña le sonríe, en medio de todo su llanto. Pero no es momento de analizar nada, ahora solo tiene que buscar esos pañales y la ayuda necesaria para cuidar de ella, porque eso él no piensa hacerlo.

¡No señor!

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