Mundo ficciónIniciar sesiónLiam siente el calor del cuerpo de Abril contra el suyo durante un segundo que se siente eterno. El aroma de ella, una mezcla de jabón del barato y algo dulce como la vainilla, se vuelve una lucha contra el perfume amaderado de él. Se separan con brusquedad, ambos aclarando sus gargantas y evitando la mirada del otro.
—Gracias —dice Abril, acomodándose la chaqueta desgastada y mirando a Mía—. Deberías mirar por dónde caminas. —Oye, no fui yo quien por poco termina arrollado por un ciclista. —Me lo digo a mí misma, vaquero. Gracias. Caminan en silencio hacia el auto de Liam. Al llegar, Abril se queda boquiabierta al ver el deportivo de lujo aparcado en el estacionamiento, el mismo que sobresale o desentona por completo. Liam abre la puerta trasera y ella, con una agilidad que él envidia, comienza la «clase exprés de cambio de pañales». —Mira y aprende, vaquero —dice ella mientras extiende una manta limpia en el asiento de cuero—. Primero, nunca dejes que sus piernas se agiten demasiado o ensuciarás todo el auto, o donde sea que la cambies. Toallita de arriba hacia abajo para evitar infecciones, crema para las rozaduras y el pañal tiene que quedar firme, pero no para cortarle la circulación. Liam observa cada movimiento. Ver las manos de Abril cuidar a Mía con tanta delicadeza le remueve algo que prefiere no identificar. Cuando la chica termina, la bebé parece otra. Está limpia, cómoda y mirándolo con esos ojos que parecen juzgarlo. —Listo. Ya no es una bomba química —Abril se limpia las manos y le entrega a la pequeña. La chica camina unos metros para deshacerse de la basura y cuando regresa, el empresario no pierde más tiempo. —¿Cuánto te debo? —pregunta Liam, sacando su billetera de diseñador—. Dime una cifra y te la pagaré. Abril se detiene en seco. Lo mira de arriba abajo con una chispa de indignación. —Nada —responde secamente—. No voy a lucrar con una niña a la que sus padres no la quieren. Quédatelo para su universidad o para pagarle a alguien que sí tenga corazón. Liam siente que esas palabras son una bofetada física. Nadie le habla así jamás ni lo cuestiona de esa manera. Nadie desprecia su dinero, todo lo contrario, quieren más. Abril se da la vuelta para marcharse, pero el pánico vuelve a invadirlo. —¡Espera! —grita él—. ¿Qué... qué ropa debería comprarle? No puedo tenerla en esa manta rosa toda la vida. Abril rueda los ojos y suspira con pesadez. Señala una tienda de bebés que se ve a una cuadra. —Allí —dice ella—. Pero viendo cómo elegiste los pañales, seguro terminas comprándole un esmoquin. Dame acá. Sin esperar respuesta, Abril deja la bolsa con su compra en el asiento, toma a Mía de la cesta, la cubre bien con su propia manta y camina hacia la tienda. Liam la sigue como un cachorro regañado, y eso no es para nada normal. Ni siquiera su madre lo ha hecho sentir así desde los trece años. Durante la siguiente hora, Abril se convierte en un torbellino de eficiencia. Elige mamelucos de algodón orgánico, un cochecito de última generación, un fular portabebés (que Liam mira con horror) y una silla de seguridad para el auto, entre muchas cosas más. Mientras ella sostiene a Mía para probar la comodidad del fular, se muerde el labio inferior. Liam se ha quitado la capucha y, bajo la luz de la tienda, se ve jodidamente guapo. La mandíbula marcada, el cabello revuelto por el estrés y esa forma en que la mira, como si ella fuera un ser de otro planeta, la ponen nerviosa. —Es perfecto, solo tenemos que buscar unos que sea bastante largo, porque eres muy alto —dice ella, buscando el fular perfecto para él. Al terminar, caminan de regreso al estacionamiento y cargan todo en el deportivo. Cuando el hombre termina de jugar al Tetris, Abril le entrega la bebé a Liam, cuyos brazos parecen de madera al sostenerla. —Bueno, aquí termina mi servicio de emergencia. Suerte, vaquero —pero él ya tiene miedo de quedarse solo y meter la pata. —Ayúdame con la leche —suplica él antes de que ella dé un paso—. Por favor. No sé cuántas medidas, no sé si el agua tiene que estar hirviendo o fría. No quiero... no quiero lastimarla. Abril duda. Realmente necesita ir a buscar empleo, pero mirar a la pequeña Mía y luego al vaquero guapo tan perdido, la vence. —Está bien —dice rindiéndose y levanta su dedo índice—. Pero solo la fórmula y me voy. Llegan al departamento y Abril se queda paralizada en la entrada. El lujo es tan abrumador que la hace sentir pequeña y no tiene nada que ver con su metro cincuenta y seis. El mármol, las obras de arte, la vista de la ciudad... es un mundo que ella solo ha visto en revistas o se ha imaginado de los libros. Sin embargo, no deja que el brillo la deslumbre. Se dirige directamente a la cocina. —Ven aquí, vaquero —lo llama con un gesto de la mano. Con mucha paciencia, le enseña a esterilizar rápidamente el biberón y a preparar la mezcla exacta. —Cárgala así, que la cabeza quede más alta que el resto del cuerpo —le indica mientras Liam le da el biberón a Mía y, al tocarlo, siente una corriente que le recorre el cuerpo—. Eso es. Intenta concentrarse en la niña, porque es lo importante ahora. Liam, en cambio, se siente por primera vez un novato en algo y tiene miedo de equivocarse. Esa chiquilla parece una excelente maestra. Mía se bebe la leche como si no hubiera un mañana. Al terminar, Abril la toma un momento tras colocar una suave manta en su hombro, la apoya en ahí y le da palmaditas rítmicas hasta que la bebé suelta un gas sonoro. —Listo. Tanque lleno y sin aire —Abril deja a la bebé en el sofá esbozando una enorme sonrisa y toma su bolso—. Me voy. Si no encuentro trabajo hoy, mañana desayunaré aire y te culparé a ti. Y ante esa posibilidad, Liam entra en pánico. A pesar de su juventud, Abril parece tener el carácter y la destreza necesaria para cuidar Mía, por lo que otra súplica sale de su boca. —Quédate —dice Liam, bloqueándole el paso. —Ya te dije, tengo que buscar trabajo… —Yo te contrato. Sé la niñera de Mía —Abril se ríe con una risa amarga. —¿Tu niñera? ¿Tú crees que puedes comprar a cualquiera, verdad? —él da un respingo y ella suelta un bufido—. No tengo un buen concepto de los millonarios como tú. —No es eso —Liam la mira a los ojos, y por primera vez, no hay arrogancia, solo una necesidad brutal—. No confío en nadie para esto, ni siquiera en mí mismo. En cambio tú, se nota que sabes lo que haces, ella no llora cuando tú la cargas... y creo que ella te necesita. Yo te necesito. Abril mira a Mía, que ahora bosteza satisfecha. Se muerde el labio, dudosa de la decisión que está a punto de tomar. —Te lo suplico, pero no lo hagas por mí. Hazlo por mi hija, por favor. Y esa última frase es la que le quita las dudas. Este tipo está convencido de que la niña es suya sin darse cuenta en realidad, aunque diga lo contrario, y esa pequeña no tiene la culpa de tener un padre tan idiota, que no tiene idea de cómo cambiar un pañal. Suelta un suspiro y pone los ojos en blanco. —Acepto —dice Abril, cruzándose de brazos—. Pero bajo mis reglas. No soy tu empleada doméstica, soy la niñera de la niña. Y si me faltas al respeto una sola vez, me largo. Liam sonríe, una sonrisa de victoria que le ilumina el rostro y a ella se le antoja de lo más sexy. —Trato hecho, por cierto, soy Liam Cavalli. —Abril Marconi —le dice ella, estrechando la mano que Liam le ha ofrecido. —Creo que Mía debe dormir y podremos hablar de las condiciones de trabajo, ¿te parece? Ella asiente, ocultando que su corazón ha dado un vuelco. No acepta por el dinero, aunque lo necesita más que nunca. Acepta porque sabe que ese hombre terminará enamorado de la bebé sin darse cuenta, y ella quiere estar ahí para verlo.






