El sonido del despertador resonó con tanta fuerza que Lora se vio obligada a despertarse. Abrió los ojos de golpe y se incorporó tan rápido que sintió que le daba un mareo. Buscó a tientas su teléfono, con los ojos muy abiertos por el susto. «No, no, no», maldijo entre dientes, con la voz ronca por el sueño. «Oh, mierda».Se quedó mirando la pantalla con incredulidad. Se había quedado dormida toda la noche. Ni cena, ni donuts para los niños, nada. Pero lo que le dio un vuelco al estómago fueron las tres llamadas perdidas de Dante, todas registradas entre las 9:00 y las 10:00 de la noche. Apoyó la cabeza contra el cabecero, gimiendo. Se sentía como un fracaso en dos frentes, como madre y como pareja. Sin pensarlo dos veces, llamó a Dante. Él contestó al segundo tono. «Buenos días, dormilona», dijo la voz de Dante, que sonaba sospechosamente despierta y demasiado alegre para ser las seis de la mañana.«Dante, lo siento mucho», soltó Lora, frotándose los ojos. «Llegué a casa, me sent
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