El peso de Cristian sobre mi cuerpo se sentía como un recordatorio físico de las cadenas invisibles que nos unían. Su respiración, pesada y ardiente, se fue normalizando contra mi cuello, dejando que el silencio de la madrugada volviera a devorar el gran salón. Permanecimos así durante largos minutos en mitad de la penumbra, inmóviles sobre el sofá de cuero, con el eco de sus palabras flotando sobre nosotros como una niebla densa y peligrosa. Sabía que me creía, pero también sabía que el monstruo de los celos se había despertado en su pecho. Cristian no era solo el hombre que me amaba con locura; era un depredador alfa en un mundo de tiburones, y una vez que ese instinto abría los ojos, era imposible volver a dormirlo.Con una lentitud que contrastaba de manera enfermiza con la violencia pasional de hace unos minutos, Cristian se incorporó. Su rostro, iluminado apenas por los reflejos de la ciudad que cruzaban el ventanal, recuperó su compostura. Se acomodó la ropa y, con un gesto ca
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